
Anaís estaba cansada de todo. Sus padres, la maltrataban; en el instituto, la ignoraban; sus amigas, la insultaban…El único sitio donde se sentía bien era en Carrusel, la pequeña escuela de ballet donde asistía siempre que podía, siempre que sus padres se lo permitían. Cuando bailaba se olvidaba de todo y de todos, ella sólo deseaba bailar, dedicarse a ello y no escuchar a nadie más. Así que eso hizo. Las horas las pasaba en Carrusel, excepto los días de colegio. Hubo un tiempo que fue así, pero se hartó de todo. Abandonó su casa, el colegio, a sus amigas, incluso la escuela y a la señorita Varield, que la había enseñado todo lo que se ha de saber del lírico desde que asistía diariamente a sus clases. Empezaba una vida nueva. ¿Qué dirían sus padres cuando se encontraran la notita borrosa, escrita rápidamente, en la puerta del frigorífico? ¿Y sus amigas, más bien, enemigas? ¿Y su tutora? A la señorita Varield se lo había dicho cara a cara. Se había despedido de ella con muchos besos y lágrimas, y con una nota que la señora había dejado disimuladamente en la mochila de Anaís, sin que esta se diera cuenta, en cuyo interior se podía leer la frase que se lo explicaría todo. No sabía a dónde iba, ni dónde acabaría. No sabía nada. Excepto que quería dejarlo todo atrás. Ahí estaba ella, con su pelo rubio y largísimo, repleto de tirabuzones; con sus ojos grises, penetrantes, siempre tan bonitos; con su cuerpo delgado pero firme y con sus ropas, las únicas que sus padres le habían dado, unos harapos viejos y sucios de cuando eran pequeños. Pero, por lo menos, se llevaba un buen recuerdo suyo: un fajo de billetes de una cantidad inestimable, que su madre, si se la puede llamar así, gastaba cada mes en ropas caras para ella y para su perro asqueroso y repugnante que tantas zapatillas de Anaís había destrozado. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se dio cuenta de que un chico de mediana altura se colocaba a su lado para caminar junto a ella. Era moreno, de tez morena también y con unos profundos ojos verdes. Vestía bien, un poco macarra, con los pantalones bajos y la parte de atrás casi por las rodillas, y con ropas anchas. Llevaba una gorra roja y miraba a Anaís sonriente. De repente, algo la sacó de sus pensamientos y se dio cuenta de que él estaba allí. Miró al chico a la cara.
– ¿Alber…? – no pudo acabar el nombre, porque aquel chico le había tapado la boca con la mano.
– Voy contigo… – sonrió y quitó su mano, para posar sus labios sobre los de la chica.
¿Alberto? ¿El chulito de su instituto? ¿El chico tan popular y tan creído que no sabía mirar más allá de sus narices? ¿El que le volvía totalmente loca a Anaís? ¡¿El mismo?!
– Pero, ¿cómo…? – dijo la chica, cuando él hubo separado sus labios. No daba crédito a lo que la estaba ocurriendo. Alberto se encogió de hombros.
– Fue Varield. Mira en el bolsillo pequeño – siempre con su sonrisa, señaló a su mochila.
Anaís rebuscó en su mochila, en el bolsillo pequeño, sin encontrar nada del otro mundo. Alberto la dijo que mirara mejor y la chica lo sacó todo. Ahí vio un papel, escrito con esa caligrafía de señora mayor que tenía su profesora de ballet. Ahí, escrito en un tono púrpura, se podía leer la frase que Anaís llevaba esperando sus quince años.
“Todo cambia. Ya sabes: La vida es sueño, y los sueños, sueños son.”






